5 jul. 2011

Se necesitaban, ¿pero quién dijo que por tanto se quisieran? El tiempo le impedía quererla. El tiempo y las heridas, el recuerdo. Todo le recordaba a Éire. Sin embargo el tiempo transcurría sin dejar que las agujas descasaran ni un sólo minuto, y él dolía de ella. Que aunque el amor se había esfumado con las palabras y el viento, la necesitaba más que su propio pulmón izquierdo. Que aunque retrocediera tres pasos, volvía a acercarse otros cuatro, y así sin más acabar. Y luego, por mucho que intentara despedirse por enésima vez, se veía sorbiéndole la yugular otra vez como si de su cuello goteara Vodka rojo traído directamente desde el infierno. Sus esfuerzos sacados de la zona cero le habían desquiciado tanto que ahora se veía rendido a sus pies, si bien las mariposas vuelan, él también se hallaba volando. Después, la rutina sin vuelta atrás. La de la edad y de los años. Juró convertirse en fantasma y jamás volver a la vida de Éire, porque sus apariciones eran jugosamente peligrosas. Demasiado como para permitirse causarle más daño. El mismo daño que él experimentaría a continuación, pasadas las horas y los días de no pensar en nada que no fuera ella y sus faldas de diez centímetros en verano, doce en primavera. Pero es que Éire era una chica de verdad, de las que sonreían hasta convertir el terreno en dinamita y tenían rasguños en las rodillas trescientos setenta y dos días anuales. Y no podría reemplazar la mirada que siempre se clavaba en sus clavículas doradas por ninguna otra de color océano ni campo. <>, pensó. Pero <> era una palabra excéntricamente subjetiva, la cual para él podría significar mañana o pasado, o eso pensaba. Con todo, era mentira. Pues lo que la hacía tan dueña de su oxígeno era ella misma, la personalidad que ni actuando en ''La cinta blanca'' podría camuflar con tres kilos de espeso colorete salmón. Al final, acabaría tan perdido como ella estaba condenada a estar tras cada visita de las de medianoche. Y todo por su culpa. Por su puta culpa. Porque la necesitaba más que su propio pulmón izquierdo, pero nunca había estado seguro de seguir queriéndola lo suficiente como para merecérsela. 

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