19 feb. 2011

Cuando le dispararon, era como si la bala hubiera atravesado mi pecho en vez del suyo.
Era la única persona que tenía respuesta a todas mis preguntas.
Y de un día para otro, se la llevaron...

Aún siento la pólvora rozando las comisuras de su corazón, desgarrando la piel de su pecho mediante la redondez perfecta del metal. Un sonido, incomparable con ningún otro, traidor y mezquino. Bum.

Su voz siempre parecía contener la sabiduría de un ser sin experiencia. Una melodía de fondo de escena que te dejaba con las ideas claras a medida que ponías atención en sus notas. Sus manos, caricias sin tacto, líneas de la vida como ramas desalineadas de un árbol marchito. Hojas de otoño sustituían su sonrisa del tiempo. La mirada, clavada en la vejez de mis recuerdos y anclada a mis pupilas...

Nunca había sentido tanto dolor en mi vida. Parecía como si hubieran acumulado todos los males que mi cuerpo había rechazado a lo largo de estos años para instalarse en mi persona en ese preciso instante. Como si después de todo, me lo mereciera.

Quizá sea hora de que me despida de ti, madre.
Quizá sea hora de que aprenda a caminar sin tu abrazo.

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